El bravucón también se quema: por qué el bullying y la violencia escolar destruyen primero el presente y luego el futuro de quien los ejerce
Reflexión para escuelas, institutos, docentes, padres y estudiantes: el daño siempre cobra dos cuentas
1. El rey del pasillo
En el Instituto Comercial de una ciudad de provincia, el pasillo de los terceros tenía un rey. Se llamaba Camilo, aunque nadie lo llamaba así: era «El Tanque», y el apodo era una descripción de cómo ocupaba el espacio. A los catorce, Camilo decidía quién comía en qué mesa del comedor, quién podía usar el cancha de fútbol, quién recibía el apodo siguiente. Los profesores, en su mayoría, hacían lo práctico: miraban hacia otro lado. «Es etapa», decía la orientadora. «Los varones son así», decía un docente viejo, como si la crueldad tuviera sexo y edad.
Lo que casi nadie vio —porque el bullying, visto desde afuera, solo muestra al que recibe— es lo que le pasaba a Camilo los otros veintitrés horas del día. El estatus de miedo es un empleo de tiempo completo. Hay que vigilar quién se ríe de qué, quién miró a quién, quién está subiendo de peso en la jerarquía. Camilo llegaba a su casa con la mandíbula apretada. Dormía cinco horas. Revisaba su teléfono a las tres de la mañana por si alguien había subido algo sobre él. Sus «amigos» —los que aplaudían sus bromas en público— no sabían su comida favorita ni su apellido materno; se reían con él porque era más barato que reírse de él. Su padre, que lo felicitaba cada vez que salía de un problema «a puño limpio», no sabía que el hijo llevaba un año tomando pastillas del doctor para el estómago y otro sin poder contarle nada real, porque en esa casa la ternura se ganaba ganando.
La escuela, mientras tanto, estaba anotando su futuro. Los reportes decían «problemas de convivencia»; las notas decían «capacidad no demostrada»; los expedientes, uno tras otro, cerraban puertas que Camilo ni sabía que existían. Los estudios que siguen a los agresores escolares hasta la adultez lo documentan sin piedad: quienes abusan de sus compañeros en la escuela tienen, años después, peores resultados en salud mental, más problemas de alcohol y drogas, más antecedentes penales, menos redes de apoyo y peores condiciones laborales y económicas (Copeland et al., 2013; Wolke et al., 2013). El pasillo se acaba. La vida, que es mucho más larga que el pasillo, empieza ahí mismo a cobrar.
Camilo no tuvo un momento de película. Tuvo una noche de noveno grado en la que un compañero —el último que le quedaba por humillar, un chico callado de lentes— le preguntó, mientras Camilo le vaciaba la mochila en el suelo, sin levantar la voz: «¿Y si un día no tienes a quién asustar? ¿Quién eres entonces?» Camilo se rió, como se ríe uno cuando la pregunta entra demasiado hondo. Pero esa noche no durmió nada, y a la mañana siguiente, por primera vez en tres años, no pudo levantarse a imponer el pasillo. Se quedó en la cama mirando el techo, con la pregunta todavía encima, como una segunda mochila.
Años después, Camilo —que hoy trabaja con adolescentes en un programa de convivencia escolar, después de un largo y torcido camino que incluyó dos trabajos perdidos, una depresión y un grupo de pares que no lo abandonó— resume en una frase lo que este artículo quiere enseñar:
«Yo creía que gobernaba el pasillo. En realidad el pasillo me gobernaba a mí: no podía bajar la guardia ni un recreo, porque el miedo que sembraba era el suelo en que yo también pisaba. Nadie me avisó que siendo el bravucón ya estaba perdiendo. Yo era el campeón de un torneo que destruía al campeón.»
Esta reflexión está escrita para escuelas e institutos, para docentes, orientadores, padres y —sobre todo— para los estudiantes que creen que la violencia es capital: para el que pega, el que humilla, el que excluye, el que filma, el que reparte el video, el que aplaude en el círculo. La pregunta es la misma de siempre, y la evidencia la responde con datos y no con consignas: ¿por qué creemos que el bullying construye al que lo ejerce, cuando todo lo que sabemos —psicológico, educativo y empírico— dice que destruye primero su presente y después su futuro, y que la cuenta más larga la paga quien la origina?
2. La paradoja: nadie persigue su propio daño
Observe cualquier ser vivo y llegará a la misma conclusión: nadie busca, como fin último, su propio sufrimiento. Todo organismo actúa orientado a su bienestar (Baumeister & Vohs, 2007; Ryan & Deci, 2000). El que agrede en el patio busca algo: estatus, alivio, lealtad de un grupo, la ilusión de control. Cree que el daño es la herramienta y el beneficio el premio. Pero la evidencia acumulada en décadas de investigación sobre violencia escolar muestra que la ecuación está invertida: el beneficio del agresor es brevísimo —un recreo de risas, un video de quince segundos— y el costo se paga primero en el presente, dentro de su cuerpo y su mente, y después en el futuro, en cada puerta que se le cierra.
2.1. El presente que se quema: la vida del agresor, hoy
El bullying es, casi siempre, un fenómeno de grupo: hay un agresor principal, pero también seguidores que aplauden, ayudantes que sostienen, espectadores que callan, y defensores que son la excepción valiente (Salmivalli et al., 1996; Salmivalli, 2010). Para el agresor principal, este teatro es una trampa de tiempo completo. Mantener el estatus por miedo exige hipervigilancia permanente: el agresor escolar vive, como Camilo, con el cuerpo en alerta —quién sube, quién baja, quién lo filma, quién lo desafía—. La investigación sobre regulación emocional muestra que las estrategias de alivio rápido —descargar la frustración sobre otro— intensifican después la activación emocional y dificultan recuperar la calma (Gross, 1998; Aldao et al., 2010). El agresor paga su recreo de poder con tardes de irritabilidad, noches de insomnio y un círculo de «amigos» que son en realidad empleados del miedo, libres de renunciar el día que baje la acción.
Y aparece la disonancia (Festinger, 1957; Aronson, 1999): la mayoría de los agresores escolares no son psicópatas de película; son adolescentes con un sistema moral funcionando, que terminan justificándose —»se lo merecía», «es broma», «todos lo hacen»— para calmar la fricción entre «yo soy buena persona» y «yo hice esto». Cada justificación calma el síntoma y agrava la enfermedad: el conflicto no desaparece, se instala (Harmon-Jones & Mills, 2019). McEwen (2007) documentó lo que ese estrés crónico hace con el cuerpo de un adolescente: sueño, inmunidad, atención, ánimo. El que gobierna el pasillo llega fundido a su casa. Muchos repiten de año no por falta de inteligencia, sino por falta de sistema nervioso disponible para aprender.
2.2. La herida moral: cuando el «yo soy el fuerte» se rompe
Litz y sus colegas (2009) describen la herida moral: el sufrimiento que queda cuando uno comete, tolera o facilita actos que violan sus propios valores. Shay (2014) añade que esta herida degrada la identidad: el agresor deja de reconocerse. Y con ella llega la autodeshumanización: quienes reconocen el daño que causaron tienden a verse a sí mismos como menos humanos —menos dignos, menos valiosos— (Bastian et al., 2012; Bastian & Haslam, 2011). El adolescente que humilla en el grupo de chat y se ríe en la noche puede pasar por «duro»; el mismo adolescente, a las tres de la mañana, mirando el techo, no se siente duro. Se siente malo. Y una identidad que se experimenta como «mala» organiza mal la vida entera: menos metas, menos esperanza, más conductas de riesgo para apagar la sensación. Hymel y Swearer (2015), tras cuatro décadas de investigación sobre bullying, lo resumieron así: los agresores escolares no salen del colegio como ganadores; salen con cargas.
2.3. El futuro que se cierra: la factura empírica
Aquí la evidencia es de las más sólidas de la psicología educativa. Los estudios longitudinales que siguen a niños y adolescentes hasta la adultez muestran que quienes fueron agresores crónicos con sus compañeros tienen, controlando factores de fondo, más riesgo de depresión, ansiedad y problemas de sustancias en la adultez (Copeland et al., 2013). Los datos de salud, riqueza, delincuencia y resultados sociales apuntan en la misma dirección: el agresor de escuela termina, en promedio y con diferencias significativas, con más antecedentes de conducta antisocial, peores relaciones estables, peor desempeño laboral y menores recursos económicos (Wolke et al., 2013). La metanálisis de programas anti-bullying añade la otra cara: las intervenciones que reducen la agresión mejoran también los indicadores de bienestar de los propios agresores (Ttofi & Farrington, 2011). Es decir: ayudar al bravucón a dejar de serlo no es un favor caritativo hacia él; es reparar una deuda que él ya está pagando con su vida presente y su vida futura. Y quienes causan daño grave pueden desarrollar trastorno de estrés postraumático por perpetración (MacNair, 2002; Litz et al., 2009): la pesadilla del agresor existe, y no distingue entre el puñetazo y el video humillante que subió a las redes.
3. El catálogo de los atajos: seis trampas que parecen poder
Para que el argumento no quede en abstracción, conviene recorrer las formas concretas en que la violencia escolar se disfraza de estatus, y lo que le cuesta a quien la ejerce —hoy y mañana.
El puñetazo que impone respeto. El que golpea cree cobrar respeto; cobra miedo, que es la moneda más inflacionaria que existe. Y paga de inmediato: cuerpo en alerta, expediente abierto, «amigos» que son testigos y no cómplices de verdad. La investigación es clara: la agresión física escolar predice conducta antisocial adulta y peores resultados vitales (Copeland et al., 2013; Wolke et al., 2013). El respeto que se gana con el puño se pierde el día que aparece alguien más grande; y alguien más grande siempre aparece.
La exclusión social como moneda. La que organiza el «no la inviten», el grupo de chat sin ella, la broma que todo el mundo entiende menos la víctima. Es el bullying de más alto costo emocional y el más difícil de probar. La agresora relacional paga un precio peculiar: su poder depende del consenso de un grupo que ella misma ha entrenado para traicionar —sabe, mejor que nadie, que quien excluye con ella hoy excluirá de ella mañana—. El trono del grupo es un taburete: todos lo están pateando por debajo, siempre. Los estudios longitudinales muestran que estas dinámicas se asocian con ansiedad y deterioro de vínculos también en quien las lidera (Gini & Pozzoli, 2009; Hymel & Swearer, 2015).
El ciberacoso: el video que no muere. Quien humilla en redes gana quince segundos de gloria y un archivo permanente. El video lo persigue: en la entrevista de trabajo, en la selección del equipo, en la búsqueda de su propio nombre que hará algún día su hijo. Además, la distancia de la pantalla no apaga la disonancia: el cerebro del agresor registra exactamente lo mismo que si hubiera dicho las palabras de frente (Festinger, 1957; Aronson, 1999), con la diferencia de que el daño queda exhibido, repetible, eterno. El ciberacoso es el préstamo usurario con fecha de vencimiento infinita.
El testigo que aplaude. El espectador activo —el que filma, el que ríe, el que comparte— suele creerse neutro. La investigación sobre el fenómeno de grupo lo desmiente: la audiencia es el combustible del bullying (Salmivalli, 2010), y también paga su combustión. Testigos de violencia entre iguales reportan más ansiedad, culpa y miedo escolar, y un deterioro del clima de convivencia del que nadie se beneficia (Nansel et al., 2001; Gini & Pozzoli, 2009). El que aplaude una humillación está entrenando su propia conciencia para callar la siguiente; y una conciencia adiestrada para callar no distingue entre el patio y la vida.
El adulto que mira hacia otro lado. Docente que «no vio», director que «no hubo pruebas», padre que celebra la dureza de su hijo, orientador que administra el conflicto en silencio. El encubrimiento —activo o por omisión— produce la herida moral de quien tolera, que la literatura equipara a la de quien comete (Litz et al., 2009). El docente que se calla una humillación se lleva a casa un malestar que no puede nombrar; la escuela que archiva los reportes acumula entropía que algún día explota en una crisis de convivencia, una tragedia o una fuga de matrícula. Mirar hacia otro lado también es un empleo, y cobra.
La «broma» como licencia. La frase más barata del patio: «es broma, no te aguantes». La broma agresiva es la forma más eficiente de daño porque viene con seguro emocional: si la víctima llora, es dramática; si protesta, no tiene humor. Pero el humor que necesita una víctima para funcionar no es humor: es miedo disfrazado. Y quien lo ejerce queda registrado —en la memoria de sus compañeros y, tarde o temprano, en su propia— como alguien cuya gracia depende de humillar. Esa es una reputación que la vida adulta cobra muy cara.
En todos los casos, la estructura del error es idéntica: beneficio inmediato pequeño —un recreo, un video, una risa—, costo diferido enorme —salud mental, expediente, relaciones, futuro—, y la certeza de que el daño siempre regresa al origen. La violencia escolar no es una estrategia de estatus. Es un préstamo usurario contra uno mismo, cuya letra de cobro nunca muestra el monto total el día que se firma.
4. Lo que la escuela viva hace distinto: convivencia como oficio
Hasta aquí, la mayor parte del argumento: ejercer violencia escolar es un mal negocio para quien la ejerce —destruye su presente y hipoteca su futuro—, y castigarlo sin más tampoco funciona del todo: los programas puramente punitivos tienen un techo bajo de efectividad (Ttofi & Farrington, 2011). ¿Qué sí funciona? Aquí entra la Teoría de la Vida DASBIEN (Figueroa, 2010, 2025, 2026): no como consigna, sino como sistema operativo de convivencia escolar.
4.1. El Triángulo del Amar como política de aula
La teoría DASBIEN define el amor como práctica interaccional orientada al bienestar del otro, con tres momentos inseparables: subjetivar (conocer genuinamente qué es bueno para el otro desde su perspectiva), intencionar (actuar deliberadamente para proporcionar ese bien) y retroalimentar (verificar con el otro si efectivamente recibió algo bueno). Omitir cualquiera de los tres produce pseudo-amor: la simulación de cuidado que mantiene el vínculo mientras lo vacía.
El bullying es, exactamente, un colapso del triángulo. El agresor deja de subjetivar a su víctima: la convierte en objeto —el gordo, la rara, el lento—, y deshumanizar al otro es el paso previo documentado de toda conducta dañina (Bastian et al., 2012). La escuela que «integra» sin conocer —que declara «todos somos iguales» sin saber quién duerme mal ni quién come— está ejecutando pseudo-amor institucional. Y la escuela que no retroalimenta —que nunca pregunta, en serio y con método, «¿cómo estás?, ¿esto que hicimos te sirvió?»— deja el campo libre para que el poder del patio se organice en la oscuridad. La traducción operativa es directa: el docente que subjetiva a sus estudiantes detecta al Camilo agotado detrás del Tanque; la tutora que retroalimenta con encuestas de clima y círculos de palabra descubre el grupo de chat antes de que sea un archivo eterno. La convivencia no se decreta: se practica con las tres patas del triángulo, todos los días, en cada aula.
4.2. Los Tres Sentidos del Amor: el agresor también es un niño con los grifos cerrados
El modelo añade los Tres Sentidos del Amor: recibir amor de otros, dar amor a nuestro propio ser, y dar amor a otros seres. El perfil típico del agresor escolar —lo confirman décadas de literatura— es un adolescente con los tres canales obstruidos: en casa recibe modelos de dureza en vez de afecto; de su propio ser no espera nada bueno (su autoestima es de dominación, no de valía); y hacia otros solo ha aprendido a descargar (Olweus, 1993; Hymel & Swearer, 2015). Camilo no pegaba porque tuviera demasiado; pegaba porque le faltaba casi todo, y el pasillo era su única fuente de oxígeno. Por eso la intervención que funciona no es la que humilla al agresor —eso solo le cierra más los grifos—, sino la que, firme en los límites, le enseña habilidades que abran los tres canales: regulación emocional, empatía, pertenencia real. Los programas con componente de habilidades sociales y apoyo al agresor reducen la reincidencia de manera demostrada (Ttofi & Farrington, 2011). No es blandura: es mecánica. Un joven que aprende a regularse deja de necesitar el pasillo; y un pasillo sin rey es solo un pasillo.
4.3. La Zona de Equilibrio de Interacción y la entropía no reparada
La teoría propone la Zona de Equilibrio de Interacción: una relación es sana solo si mejora a ambas partes y no destruye el entorno compartido. La pregunta ZIE para cualquier escuela tiene tres brazos: ¿el agresor florece como persona? ¿la víctima florece y recupera? ¿el clima de convivencia mejora? El modelo disciplinario que solo castiga al primero y abandona a los otros dos está fuera de la zona, y lo que acumula tiene nombre en la teoría: entropía no reparada —daño que no se transformó en mejor reparación. La advertencia es contundente: un sistema con sensor, alerta y estructura presentes pero sin aprendizaje en ninguno no está vivo; es un cadáver que aún se mueve. Las escuelas no colapsan de convivencia de un día para otro: llevan años de entropía silenciosa —incidentes administrados en silencio, profesores que dejaron de reportar porque «nada pasa», familias que dejaron de creer—. Los círculos restaurativos, la reparación concreta —la disculpa que repara, el video que se borra, el daño que se compensa— y el seguimiento a víctima y agresor no son burocracia: son el mecanismo con que una escuela convierte la entropía en aprendizaje y sigue viva.
5. Otra historia, para terminar de convencer
Valentina organizó, a los trece años, la exclusión más elegante que su curso recordaba. No hubo gritos ni empujones: hubo un grupo de chat nuevo sin Sofía, una lista de invitados a su fiesta que circuló con instrucciones precisas, y tres meses en que nadie le habló a Sofía excepto para devolverle la pelota «accidentalmente» lejos de sus manos. Valentina era la reina de ese grupo y lo sabía: cuando entraba al salón, el nivel de voz bajaba; cuando hablaba, la conversación obedecía. Los docentes veían «una niña popular y disciplinada». Lo que nadie veía era que Valentina llegaba a su casa, cerraba la puerta con llave y se sentaba en el piso del clóset con el teléfono apagado, sintiendo un vacío que ni la popularidad llenaba —porque el amor de un grupo que se gobierna con miedo no es amor, es alquiler, y ella lo sabía mejor que nadie.
El giro no fue un castigo. Fue la mudanza de Sofía a otro colegio, en silencio, a mitad de año, sin despedida —y la pregunta de su propia madre esa noche, sin saber nada: «¿Y por qué Sofía no viene nunca, mi amor? ¿Se pelearon?» Valentina se dio cuenta, con un escalofrío que tardó años en explicar, de que su madre no sabía quién era su hija en el colegio. Nadie sabía. La reina era invisible en su propia casa.
Lo que hizo después no fue heroico: fue tardío y torcido, como toda reparación real. En décimo, cuando otro grupo empezó a organizar la exclusión de una chica nueva, Valentina se levantó en el medio del círculo y dijo «no» —la primera palabra difícil de su vida—. No la aplaudieron. El grupo la expulsó a ella durante dos semanas, y esas dos semanas fueron las más sanas de su escuela: descubrió que podía comer sola sin que se cayera el mundo, que dos amigas de verdad pesaban más que veinte seguidoras, y que la chica nueva se llamaba Renata y dibujaba mejor que nadie. Cuando el círculo la readmitió, ya no quería ser reina; quería salir del pasillo entero.
Hoy Valentina es orientadora escolar. En su escritorio hay una foto de Sofía —la buscó años después y le pidió perdón; Sofía lloró, le agradeció las palabras y le dijo que no podía ofrecerle amistad, solo perdón, y que el perdón era suficiente—. Valentina lo repite en cada charla de convivencia:
«Yo no excluía porque fuera fuerte. Excluía porque era lo único que sabía hacer para que nadie me excluyera a mí primero. Si alguien me lo hubiera dicho en séptimo —que siendo la reina ya estaba perdiendo, que mi presente era un cuerpo tenso y un clóset—, me habría ahorrado cinco años. Este artículo es para que alguien se lo diga antes.»
Su historia, y la de Camilo, son la misma historia en dos cuerpos: la violencia escolar quema primero al que la ejerce —su presente: sueño, ánimo, amistad real— y luego le cierra el futuro —salud mental, vínculos, oportunidades—. Nadie tuvo que castigarlos para que lo sintieran. Lo sintieron solos, con el único juez que no se puede sobornar: el que vive dentro, y que en la adolescencia tiene la voz más alta de la vida.
6. Diez preguntas para la próxima reunión de docentes, de consejo directivo o de padres
- ¿Nuestra escuela sabe —con datos, no con impresiones— quién está sufriendo, quién está agrediendo y quién está mirando? ¿O solo sabe quién hace ruido?
- Cuando intervenimos en un caso, ¿trabajamos también al agresor (sus habilidades, su hogar, su regulación) o solo lo sancionamos y lo devolvemos al aula intacto?
- ¿Algún miembro del equipo puede nombrar, del último año, un caso en que el agresor haya dejado de agredir de verdad? ¿Qué hicimos que funcionó?
- ¿Nuestros estudiantes saben que ser agresor destruye primero al agresor? ¿Se lo enseñamos con evidencia, o solo les pedimos «no hagan bullying»?
- ¿Qué daño quedó sin reparar este año: la disculpa que nunca se dio, el video que sigue circulando, la víctima que cambió de colegio sin seguimiento?
- ¿Los testigos de nuestro colegio saben qué hacer y tienen permiso real para hacerlo? ¿O el grupo sigue siendo el combustible del problema?
- ¿Nuestros docentes reportan los incidentes sabiendo que pasará algo, o dejaron de reportar porque «nunca pasa nada»? (Esa resignación es entropía.)
- ¿Celebramos —en casa o en la escuela— la dureza como si fuera fortaleza? ¿A quién estamos enseñando que pegar es crecer?
- ¿Reciben afecto nuestros hijos y estudiantes, se quieren a sí mismos y saben dar amor? ¿O estamos criando generaciones con los tres grifos cerrados y sorprendidos de tener sed?
- Si este colegio desapareciera en diez años, ¿qué dirían sus egresados: un lugar que nos hizo personas, o un pasillo que tuvo un rey?
Siete o más respuestas honestas: la convivencia está viva y la violencia encuentra poco terreno. Menos de cuatro: algún Camilo o alguna Valentina está gobernando un pasillo mientras la escuela mira hacia otro lado.
7. Conclusión: el torneo que destruye al campeón
Todo lo que la evidencia muestra —de Festinger a Litz, de Olweus a Copeland, de la paradoja de la malevolencia a la Teoría DASBIEN— converge en una sola afirmación, y conviene enseñarla en cada aula con la claridad con que se enseña a leer: ejercer violencia escolar es el peor negocio que un joven puede hacer. Se cambia el presente —sueño, calma, amistad real— por un recreo de miedo ajeno, y el futuro —salud mental, vínculos, oportunidades— por un expediente y una reputación que la vida adulta cobra con intereses. El bravucón no gana lo que cree ganar; adelanta lo que después pagará durante décadas, y la primera quiebra ya ocurrió: es su vida de hoy.
Y la escuela tiene aquí una doble tarea. La primera, pedagógica: enseñar —con evidencia, no con consignas— que la fuerza sin habilidades es una deuda, que el estatus de miedo es un empleo sin prestaciones, y que el pasillo se acaba mucho antes que la vida. Que cada estudiante que recibe la tentación del puño o del grupo de chat sepa, antes de decidir, quién paga la factura y cuándo empieza a llegar. La segunda, institucional: mirar sus propias prácticas con la misma lupa. El docente que mira hacia otro lado, el director que archiva, el sistema que castiga sin reparar, el hogar que premia la dureza: son eslabones del mismo circuito, y todos pagan su parcela de la herida moral (Litz et al., 2009). Los estudios son optimistas en un punto que conviene subrayar: el agresor escolar no es un caso perdido; las intervenciones que le enseñan a regularse, a pertenecer y a reparar reducen la violencia y mejoran su propio bienestar (Ttofi & Farrington, 2011). Salvar al bravucón no es debilidad: es la única forma de que el pasillo deje de tener reyes.
Camilo, en una de sus charlas con adolescentes, recibió la pregunta que todas las charlas reciben: «¿Y si me provocan?» Su respuesta, que cerró esta reflexión antes de que se escribiera, fue:
«Que te provoquen les cuesta un minuto. Que respondas con violencia te cuesta el presente y te hipoteca el futuro. Hagan la cuenta: yo la hice en un pasillo de terceros, con veintitrés horas diarias de guardia alta, y perdí. Si este colegio les enseña solo una cosa, que sea esta: el que gobierna por miedo ya está derrotado. Siempre. Y lo que lo derrota no es el castigo: es la vida entera que está perdiendo mientras tanto.»
La paradoja de la malevolencia explica el mecanismo: el daño al otro interrumpe los procesos que sostienen el propio bienestar, y en la adolescencia esos procesos son el cimiento de toda la vida adulta. La Teoría DASBIEN completa el mapa: la alternativa no es la sumisión sino el oficio del amor —subjetivar al compañero de verdad, intencionar su bien, retroalimentar con preguntas reales—, que es, literalmente, la única forma de relacionarse en la escuela que no se paga con la propia destrucción. La escuela que entienda ambas cosas no solo tendrá menos pasillos con reyes. Será, en el sentido más riguroso de la palabra, una escuela viva: aquella donde cada agresor encuentra un límite que lo detiene y una mano que lo reconstruye, cada víctima encuentra reparación real, y cada testigo aprende que su silencio también es una decisión —de las más caras que existen.
Referencias
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